Concepto de juventud

Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

Autoras/es: 
Enrique Martín Criado
Publicado en: Reyes, Román. (dir.) Diccionario crítico de ciencias sociales, volumen 1, Plaza y Valdés, Madrid.
Año de publicación: 2009
Páginas: 1630-1635.
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Citar como:  MARTÍN CRIADO, E., 2009, “Juventud” en REYES, R. (dir.): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales, volumen 3, Plaza y Valdés, Madrid; pp. 1630-1635.

La “juventud” se ha constituido como uno de los objetos de investigación sociológica más comunes, más banales. La existencia de una “juventud” como grupo -o “condición”- social que tendría “actitudes”, “comportamientos” o una “subcultura” se ha convertido en una especie de evidencia natural, en un punto de partida incuestionable en buena parte de la investigación sociológica sobre la “juventud” española.

Sin embargo, ?qué autoriza a pensar que una identidad cronológica suponga por sí misma una identidad social?, ?qué permite identificar como pertenecientes al mismo grupo social -por el solo hecho de que ambos tengan veinte años- a un estudiante de Derecho de una universidad privada y a un peón de albañil con contrato temporal? ?En virtud de qué “formidable abuso del lenguaje” se puede pasar de una identidad de edad biológica a una identidad de conformación de “opiniones”, de “actitudes”, de situaciones: de sujetos?

Vamos a defender aquí que la “juventud” no forma un grupo social, una categoría homogénea. Bajo la identidad del nombre “juventud” -bajo la presunta identidad social de todos los incluidos en un arco de edades- se agrupan sujetos y situaciones que sólo tienen en común la edad. Las investigaciones que parten de la existencia de la “juventud” como premisa de base sucumben a la ilusión sustancialista que quiere que tras la identidad del nombre exista la identidad de una propiedad. En vez de partir de una construcción teórica a partir de la cual se construya el objeto de investigación, extraen del lenguaje cotidiano, de sus nociones comunes -y con ella, de su filosofía común- objetos construídos por unas dinámicas que se les escapan.

La “juventud” es una prenoción, un objeto preconstruido. Producido como categoría de sentido común de percepción de la sociedad a partir de unas dinámicas socio-históricas, sólo el “olvido” de la estructuración de la sociedad en clases sociales puede permitir constituir un abánico de edades como “grupo social”, como actante de un relato sobre la sociedad que ignoraría las diferentes condiciones materiales y sociales de existencia asociadas a las diferentes posiciones en la estructura social: en las relaciones de producción y en la distribución de las diferentes especies de capital.

Estructuraremos nuestra argumentación en tres partes: en primer lugar, señalaremos las dinámicas a partir de las cuales se construye la “juventud” como problema social. En segundo lugar, veremos el papel que ocupa la “sociología de la juventud” como juez y parte -sobre todo parte- en esta construcción -teóricamente dudosa, pero políticamente “interesante”-. Por último, señalaremos cuáles deberían ser los objetos de investigación teóricamente construidos que sustituyesen a las prenociones sobre las que normalmente se asienta la sociología de la juventud.

I. La construcción de la juventud como problema social

Podemos hallar en todo grupo social una división, por elemental que ésta sea, en clases de edad: diversas condiciones asociadas a la edad y que suponen una serie de derechos y deberes, una serie de comportamientos proscritos y prescritos; en suma, una diferencia de “esencias sociales”.

Ahora bien, esta estructuración en clases de edad difiere enormemente de unas sociedades a otras. Así, en la Europa pre-industrial, la conformación era muy distinta a la que conocemos en la actualidad: no existía la fase que ahora se denomina “adolescencia”; la infancia no estaba separada del mundo adulto -no había, por ejemplo, tabús respecto a la sexualidad en relación con los niños ni lugares para socializarlos aparte- y terminaba a los 7-8 años -edad en que, en muchas regiones, se mandaba al hijo a casa de otros como aprendiz-; la variación en la construcción de las categorías de “infancia” y “juventud” era enorme de unas regiones a otras -al estar poco extendido el sistema escolar, no se había producido aún una homogeneización institucional de las clases de edad-, la categoría de “joven” podía abarcar desde los 6 hasta los 40-50 años, etc.

Las primeras invenciones -teóricas y prácticas- de una infancia que tendría una naturaleza completamente distinta a la adulta y de una “juventud” en el sentido moderno se deben a los reformadores humanistas y religiosos que proliferan a partir del siglo XV: su extensión va unida al progresivo crecimiento de un sistema de enseñanza -fundamentalmente en manos de instituciones religiosas- donde se separan a los niños de los adultos.

Pero es en el “Emilio” de Rousseau donde se va a producir, a nivel teórico, el paso fundamental para la legitimación de la concepción moderna de la infancia y para la invención de la adolescencia -matriz histórica de lo que será posteriormente la categorización social de la “juventud”-.

Rousseau establece una equivalencia entre el desarrollo de la especie humana y el del individuo: ambos pasan por tres estadios: salvaje (infancia), bárbaro (adolescencia) y civilizado (adulto). El período de la adolescencia es, por tanto, la recapitulación -en el desarrollo individual- del acceso de la humanidad desde la barbarie a la civilización. La adolescencia será definida por Rousseau como un “segundo nacimiento”: fundamental en el desarrollo del individuo, será un período absolutamente turbulento -como corresponde a un paso desde un estado de naturaleza a un estado de cultura- en el que el tutor deberá estar constantemente alerta.

Esta concepción de la adolescencia como época especialmente turbulenta, que ha de ser constantemente vigilada porque entraña numerosos peligros se extenderá y consolidará en el siglo XIX. Y, junto a ella, un interés completamente nuevo por la “juventud”, espacio definido, a partir de la matriz de la “adolescencia”, también como turbulento: espacio de paso de la irracionalidad infantil a la racionalidad adulta, se caracterizará por un exceso de pasión irracional que hay que vigilar y encauzar. Una serie de dinámicas, que vamos a repasar sumariamente, están en el origen de la construcción y centralidad simbólica de estas clases de edad.

En primer lugar, el cambio en las relaciones de producción: paso de una sociedad con relaciones feudales y de capitalismo comercial a una sociedad de capitalismo industrial. La organización por el propio capitalista del proceso de producción de mercancías -frente a la fase anterior, en que permanecía fuera del proceso de producción, como intermediario- introduce el problema que Marx denomina de paso de la “subsunción formal” a la “subsunción real” del trabajo: ?cómo disciplinar a los sujetos y sujetarlos para que produzcan, y bien, durante el tiempo que se les compra? De esta manera el problema de la producción de sujetos disciplinados, eficaces y obedientes -de la “socialización”- pasa a primer plano -tanto más cuanto que se comienzan a organizar revueltas y movimientos obreros-. Es la época de la invención de las ciencias de la “normalización” (Foucault), y de la generalización de la problemática de la “educación” como central para el mantenimiento del orden social -hay que enderezar el árbol cuando comienza a crecer-.

En segundo lugar, el progresivo movimiento de crecimiento y burocratización del Estado y de las empresas privadas va a extender unas clases medias cuya reproducción social va a pasar por el sistema escolar. Será en estas clases sociales donde se creará un modelo de adolescencia -el de sus propios vástagos cuya escolarización se prolonga para poder acceder a las nuevas posiciones creadas en las instituciones burocráticas- que se intentará imponer, con la ayuda de la psicología, como “natural” e “universal”. Fundamental en los rasgos concretos que tomará la “adolescencia” será, además, la acción de los propios profesionales de las instituciones de enseñanza que reinventarán -teórica y prácticamente- en las escuelas, institutos y universidades los modelos construidos por los reformadores humanistas y religiosos de los siglos anteriores.

A finales de siglo, el concepto de la “adolescencia” como etapa “natural” de desarrollo está plenamente legitimado por la psicología. A partir de ella, se producirán toda una serie de cruzadas morales para extenderlo al conjunto de la sociedad, especialmente a las clases populares, percibidas como clases peligrosas, y a las que hay que encauzar mediante la acción de corrección de sus miembros más jóvenes: es la época en la que nacen los movimientos juveniles, normalmente con fines y estructura militares -como los Boy Scouts-. Es la época asimismo en la que todas las formas de juventud que no adecúen a la norma de la clase media -especialmente las obreras- se constituyen como “problemas sociales”.

Por otra parte, la identificación que se produce entre socialización y orden social conducirá a otra identificación que se mantendrá durante todo el siglo XX y que tendrá un papel importantísimo en la difusión de la categoría de la “juventud” en la percepción de la sociedad: la identificación de juventud con futuro de la sociedad: la juventud servirá como espacio de proyección de los mitos sobre el cambio social.

A partir de estas premisas, en el siglo XX vamos a asistir a una inflación de discursos y de dispositivos de intervención sobre la “juventud”. Sin hacer un seguimiento cronológico, señalemos las principales dinámicas de esta inflación:

– Extensión y prolongación de la escolarización, que va a homogenizar relativamente las clases de edad entre los diferentes grupos sociales.

– La identificación de la juventud con el cambio social va a incrementar exponencialmente -respecto a otras clases de edad- la visibilidad social de aquellos grupos de jóvenes que, en un momento determinado, mejor respondan a las expectativas -optimistas o pesimistas- de cambio social.

– Asimismo, la centralidad de la problemática de la socialización junto a la visibilidad social de la juventud llevarán a una visibilidad exacerbada de cualquier práctica “juvenil” “desviada”.

– El paso de un capitalismo de producción a un capitalismo de consumo, asimismo, conducirá a la búsqueda de nuevos ámbitos de producción de objetos de consumo -de nuevos consumidores-: se inventará, en la posguerra, un mercado de consumo juvenil -bautizado como “cultura juvenil”-. Esta invención, al tiempo que incrementará la visibilidad social de las nuevas “subculturas juveniles”, servirá para fijar la creencia en una “juventud” como grupo social específico.

– Las respuestas a la “cuestión social” se realizan a partir de discursos y dispositivos de intervención que no pongan en cuestión los principales fundamentos del orden económico. Aquí la “juventud” será fundamental: porque servirá para sustituir la clase social por la clase de edad tanto en las representaciones -en la definición de los “problemas sociales”- como en los dispositivos de intervención.

– Por último, la constitución de un campo de profesionales de la juventud que, mediante sus discursos y prácticas, contribuirán a crear la necesidad de su producto recreando constantemente la representación de que existe un “problema juvenil” -y, por tanto, una “juventud” con una “problemática”-.

La interrelación de todas estas dinámicas irá constituyendo, así, a la “juventud” como categoría central, “naturalmente” evidente, en la percepción de la estructura de la sociedad. Veamos a continuación el papel de la sociología en esta construcción: un papel de contribución y legitimación de la construcción que, a su vez, tiene un trasfondo político muy claro.

II. La “sociología de la juventud” oficial

Los discursos que mayoritariamente los sociólogos han construido en torno a la juventud pueden considerarse como variaciones de los temas fundamentales esbozados por dos clásicos: Ortega y Gasset y Talcott Parsons.

Ortega se sitúa dentro de una amplia corriente de pensadores que, en los años 20, va a teorizar sobre la sociedad en términos de generaciones. Un desencadenante importante de esta teorización es el triunfo de la revolución soviética y un apogeo en la agitación y revueltas socialistas en toda Europa. Como alternativa al pensamiento marxista y socialista, los intelectuales burgueses elaboran una teoría del cambio social en la que los actores ya no son las clases sociales, sino las generaciones.

Es en Ortega donde vemos más claramente el carácter político de esta corriente. Su teoría de las generaciones se produce por enfrentamiento directo a la teoría marxista del cambio social: mientras que en ésta el motor del cambio social son las clases sociales, y su contenido, el cambio de las relaciones de dominación políticas y económicas, Ortega formulará una teoría en la que las nuevas generaciones serán el motor de la historia: portadoras de nuevos valores y promesa de futuro, anuncian un cambio social que será cultural.

Talcott Parsons, a su vez, legitima en la literatura sociológica el concepto de “cultura juvenil”. Su argumento es el siguiente: el alargamiento de la estancia en instituciones educativas separa a los jóvenes, no sólo del sistema productivo, sino incluso de las relaciones de clase. En las instituciones educativas se estaría formando una cultura adolescente totalmente distinta de la adulta, con su propio sistema de normas y valores. Esta “cultura juvenil”, en la que participarían todos sin distinción de clase, sería, en el fondo, funcional para la integración de la sociedad, para la reproducción del sistema social.

La obra de estos dos autores proporciona la matriz básica de lo que será en España el enfoque institucional sobre la juventud. Este presenta los siguientes rasgos invariantes:

En primer lugar, se considera a la juventud como un grupo social diferenciado: se supone una homogeneidad de base entre todos los incluídos en el abanico de edades -establecido administrativamente- que se defina como juventud, ya sea por una presunta naturaleza psicológica del joven, o por una presunta identidad de condiciones de existencia. En otras palabras: se niega la existencia de clases sociales: a igual edad, todos los sujetos tendrían unas condiciones de existencia y psicología similares, independientemente de que sean hijos de jornaleros o de jueces.

En esta sustancialización de la juventud como grupo, se obvia la distinción conceptual entre “clases de edad” y “generaciones”. Distinción que no es banal. El concepto de “clases de edad” nos remite a la categorización que, en cada grupo social, se hace de diferentes edades de la vida: a cada una le corresponderían una serie de comportamientos, de derechos y deberes específicos: al pasar a una nueva clase de edad, el individuo adoptaría los comportamientos de ésta. Por el contrario, el concepto de “generación” nos remite a los cambios en la producción de sujetos por cambios en las condiciones de existencia a que se ven sometidos.

Esta distinción suele obviarse, hablando simplemente de “juventud” o, en todo caso, de “condición juvenil”. La razón es simple: permitirá jugar con la atribución de los comportamientos y las actitudes a efectos de clase de edad o de generación en función de su mayor o menor adecuación a la norma. Cuando las opiniones de los jóvenes extraídas en la encuesta reflejen una conformidad con los valores del investigador, éste hablará de generación y alabará el saludable cambio social que traen las nuevas generaciones. Cuando, por el contrario, los jóvenes tengan opiniones “desviadas”, se remitirán éstas a los efectos de clase de edad: los jóvenes, ya se sabe, son irresponsables, todavía no han llegado a la racionalidad plena…

El cambio social se concebirá, por tanto, como cambio generacional. Y será, además, un cambio cultural: los jóvenes son portadores de una “cultura juvenil” específica que va a renovar la cultura del conjunto de la sociedad. Y en cuanto al sentido del cambio, los informes institucionales sobre juventud también son unánimes: es la “modernización”, paso hacia una sociedad más justa, democrática y avanzada gracias al cambio de la “cultura” de los ciudadanos.

No es difícil ver todo lo que implica este culturalismo onmipresente en las investigaciones de juventud. Como no hay clases sociales, no hay intereses enfrentados: las relaciones de dominación, el marco socio-político y económico desaparecen de la escena. En su lugar tenemos una sociedad compuesta por “jóvenes” y “adultos” con “culturas” diferentes. Si hay diferencias, éstas son simplemente cuestión de opiniones, de actitudes, de ideologías: de entidades mentales. Si hay conflicto social, es simplemente un conflicto cultural. Y la solución, por tanto, ha de ser también cultural: diálogo, consenso, aculturación, cursillos…. curiosamente lo que ofrecen las pregonadas “políticas de juventud”.

La pertinencia política de este esquema salta a la vista simplemente oponiéndolo al esquema marxista clásico. Si para éste la sociedad está compuesta por clases sociales definidas por sus posiciones en las relaciones de producción y el cambio social sólo puede ser un cambio político-económico, el esquema culturalista sustituye “clase social” por “clase de edad” -la sociedad está compuesta por jóvenes y adultos-, la “producción” por el “ocio” -las subculturas se definen fundamentalmente por pautas de ocio- y el cambio político por un cambio cultural: las relaciones de dominación por el diálogo. De esta manera se legitiman todas las políticas de intervención que propongan, como solución al “problema juvenil”, una serie de medidas de “aculturación” y “formación” de los sujetos a intervenir que, por supuesto, dejen intacta la estructura política y económica.

Esta sociología de la juventud, legitimadora de una praxis política, tendrá en la encuesta su herramienta de investigación privilegiada. Las razones políticas no son difíciles de elucidar:

Porque en la encuesta de opinión es el sociólogo quien pregunta, quien delimita el campo de lo decible: el poder está del lado del que pregunta, no de quien contesta. La encuesta de opinión permite la “imposición de problemática”. Mediante las preguntas cerradas, se eliminan las otras alternativas de problemáticas sociales que no sean las problemáticas dominantes, es decir, las de los grupos dominantes. Mediante el efecto de imposición de problemática, se logra legitimar la problemática de los grupos dominantes como la problemática de la mayoría: se cierra el campo de lo pensable y se legitima como lo que piensa la juventud.

Porque mediante los artefactos estadísticos de la media y la moda permite construir la opinión media o mayoritaria como la opinión de la “juventud” -legitima estadísticamente la ilusión de la existencia del grupo-: mediante la encuesta de opinión, el sociólogo transforma “el 55% de los jóvenes opina que ..” en “la juventud opina que…”

Porque centra la explicación -la culpabilidad- en el sujeto encuestado: cualquier fenómeno puede remitirse a las opiniones o actitudes “expresadas” en la encuesta. Aislados los fenómenos sociales de su inserción estructural en la sociedad de clases, y aislados los individuos en sus casillas estadísticas, se pueden relacionar unos y otros tranquilamente en la forma de “conglomerados” culturales, de diferencias de actitudes, de opiniones, de subculturas…

Porque, por sus características de examen -que exige la buena respuesta- la encuesta de opinión siempre produce una “opinión pública” -o una “juventud”- más del lado de la norma.

En fin -y este último punto resume varios de los anteriores-, porque como en la encuesta de opinión se desconoce el sentido de las preguntas y las respuestas -se presume que el sentido es el mismo para todos los encuestados y el investigador-, el investigador puede imponer sus propios esquemas de sentido, actuando como ventrílocuo que dice lo que la juventud realmente piensa, quiere…

En conclusión, nos hallamos con una sociología de la juventud con una inserción política muy clara. “Olvidando” -negando- la realidad de la dominación de clase, señalando a la “juventud” como problema social y, por tanto, como superficie de intervención, legitimando las problemáticas que preocupan a las instituciones como problemas de la juventud, no es sino la contrapartida discursiva de una “política de juventud” que, pretendiendo ayudar -“insertar”-, consigue desvíar la mirada al preguntar sobre el origen de los “problemas sociales”: nunca hacia arriba, siempre hacia abajo.

III. Más allá de la sociología de la juventud

La juventud es una “ilusión bien fundada”. Ilusión, porque presume una identidad de sujetos a partir únicamente de la identidad cronológica sin plantearse la diferencia de condiciones materiales y sociales que, a igual edad, se produce en diferentes posiciones de la estructura social. Bien fundada, porque a partir de toda una serie de dinámicas sociales -que hemos apuntado en el primer epígrafe- se va a imponer como categoría de percepción central en la categorización de los sujetos y sus prácticas, realimentando y re-construyendo así, su realidad social.

No vale, por tanto, entregarse a la ilusión sustancialista que quiere que tras la unidad del nombre “juventud” exista una unidad social -un grupo social-: hay que abandonar toda esa parafernalia discursiva que sitúa como sujeto de la frase “la juventud”. Pero tampoco vale con declarar simplemente que “la juventud no es más que una palabra”, ya que las palabras, cuando están sostenidas por la creencia colectiva en la existencia de lo que designan, tienen eficacia social. Frente a estas dos posturas extremas, hay que reconstruir teóricamente la problemática de “la juventud” -o mejor, las juventudes- situándola en las dinámicas sociales de dominación y de reproducción social.

Así, apuntamos cuáles serían las líneas de investigación en esta perspectiva:

En primer lugar, una sociología de las clases de edad y de las generaciones que situase ambas dentro de las luchas entre grupos sociales por la apropiación diferencial de recursos y dentro de las diferencias en las condiciones materiales y sociales de reproducción de los grupos sociales. En esta perspectiva, no habría “una juventud”, sino “juventudes” distintas:

– Cada grupo social distinto, en función de sus condiciones sociales y materiales -y sobre todo, en función de sus condiciones y determinantes para reproducir su posición social-, establecería una categorización de clases de edad distintas. Esta categorización, asimismo, sería objeto de luchas dentro del grupo: las denominaciones de “viejo” y “joven” son etiquetas que se utilizan para luchar y para definir los derechos diferenciales de acceso a los recursos y a las posiciones de poder.

– Asimismo, dentro de cada grupo social, se establecería en determinadas condiciones una diferenciación por generaciones: diferenciación en la que lo determinante no sería la edad biológica, sino los cambios en las condiciones sociales y materiales en que son producidas y viven las distintas cohortes.

En segundo lugar, una sociología de la construcción social de la “juventud” como “problema social”. Sociología que tendría que relacionar las distintas dinámicas en las condiciones de reproducción social de los grupos con las distintas dinámicas institucionales de producción de “problemas sociales” y de “grupos sociales”. Estudio de la construcción social de la juventud en la que sería un punto fundamental el estudio de las dinámicas de etiquetaje -“labelling”- mediante las que los sujetos terminan acordándose a la definición social de su “esencia”: es decir, de aquellas dinámicas por las que las representaciones sociales construídas -o inventadas- en un momento determinado terminan convirtiéndose en profecías que se autocumplen.


BIBLIOGRAFIA

ARIES, Philippe, 1987, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, Taurus. Madrid.
BOURDIEU, Pierre, 1978, “La ‘jeunesse n’est qu’un mot'”, en Questions de Sociologie. Minuit. Paris.
GILLIS, John R., 1981, Youth and History. Tradition and Change in European Age Relations, 1770 – Present Academic Press Inc. London.
MARTIN CRIADO, Enrique, 1993, Estrategias de juventud. Jóvenes, estudios, trabajos, clases sociales. Tesis Doctoral. Facultad de CC. Políticas y Sociología. Universidad Complutense de Madrid.

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