Antes de llover, chispea

Sobre el rechazo a usar condones


¿Por qué no se usa el preservativo? Nos preguntaron desde la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía. Esta pregunta dio pie a la revisión de datos de encuestas sobre el uso de anticonceptivos en diferentes países y por diferentes instituciones y empresas, al estudio de las tasas de fallos, de los precios, de la información disponible… y a la realización de entrevistas y grupos de discusión con personas de diferentes edades y situaciones sociales.

Vimos que la población cuenta, en general, con información sobre los métodos anticonceptivos por lo que la explicación debía ser otra. Las diferencias de género pronto aparecieron como centrales. Observamos que operan lógicas diferentes para chicas y chicos. Si ellos se resisten a usar preservativos suelen esgrimir el argumento de que resta placer. Las chicas añaden otra explicación, dicen ceder a las presiones de los chicos para no usar condones para demostrarles su ‘confianza’ y mantener su ‘amor’,  y acaban recurriendo a la marcha atrás. Entonces, ellas justifican el no uso del condón como una muestra de confianza: confían en su pareja, en que ‘sabe’ y ‘se va a salir a tiempo’ y confían en su fidelidad, lo que ahuyenta la percepción del riesgo de infecciones. Esta dinámica que lleva a pasar del condón a la marcha atrás, cuando la relación se estabiliza mínimamente, es clave para comprender la renuncia al preservativo de una población informada y concienciada en la prevención, pero que se deja llevar por un ideal romántico. Esta práctica se ve reforzada por: 1) la disminución de la percepción del riesgo a medida que se adquiere experiencia y, 2) la idea de que el riesgo potencia la excitación, “por el placer de lo prohibido”.

Comprobamos así que el no uso del preservativo en relaciones heterosexuales con penetración aparece asociado a la dominación masculina (Bourdieu, 2000) y alejado de la corresponsabilidad anticonceptiva. Los hombres suelen asumir la responsabilidad de comprar el preservativo y las mujeres rara vez los llevan (para evitar descalificaciones). Esto supone la continuidad del modelo patriarcal: ellos proveedores materiales y ellas dependientes y confiadas. Ellas se responsabilizan del control reproductivo, ellos se dejan llevar. Al aumentar el nivel de estudios, se observan indicios de corresponsabilidad. Algunos chicos concienciados en la prevención, desean que ellas les exijan utilizar condón y algunas chicas urbanas se informan, prueban nuevos métodos, aportan los preservativos e imponen o negocian abiertamente las reglas del juego.

Se dice que los métodos de barrera rompen la magia del momento, restan sensibilidad y disminuyen el placer. Pensamos que el placer es la justificación explícita, mientras que las razones implícitas nos llevarían a una forma de sumisión a los patrones androcéntricos dominantes. El sistema de dominación masculina lograría que las mujeres antepongan los deseos masculinos a los suyos. Los argumentos contrarios al uso del preservativo son numerosos. Justificaciones que hacen referencia a que resta sensibilidad y placer. ¿Estamos seguros de que es más placentero reprimir la eyaculación y salirse que ponerse un preservativo extrafino y eyacular sin miedos y sin prisas? Excusas que remiten a dificultades de acceso, fallos por rotura o deslizamientos y efectos del consumo abusivo de alcohol y drogas.

En resumen, las diferentes situaciones sociales introducen constricciones que contribuyen a la realización de prácticas sexuales más o menos seguras y/o satisfactorias. Enfrentadas a exigencias contradictorias, las personas actuamos de diferentes maneras en distintas situaciones (con una pareja u otra, con alcohol o sin él,…). La marcha atrás posee una fuerte carga simbólica. Confianza, fidelidad, entrega, placer y espontaneidad contribuyen a explicar su vigencia, desde una visión romántica y machista de la sexualidad. El concepto tradicional de masculinidad, asociado a fuerza, falta de sentimientos, posesión de la mujer (‘me la follo’), sigue vigente en algunos círculos y configura, posiblemente, la mayor barrera a una sexualidad segura y placentera.


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